Libertad pedestre.


Hoy en día cargamos con el peso de una tradición incompleta. La libertad de expresión se ha entendido siempre como un valor fundamental en la conformación del Estado y por el cual se han de sacrificar muchas otras libertades. El liberalismo nos ha planteado diversas encrucijadas que reducen la realidad y nos obligan a tomar una decisión, comúmnente en favor de sus intereses. Se utilizan ejemplificaciones sentadas en el extremo como aquella en la que el orador que se sube a una caja en cualquier esquina para denunciar los abusos y maltratos del gobierno. Así de burdo es nuestro entendido de esta máxima liberal.

Hace falta entonces dedicar un tiempo para entender sesudamente sus componentes y sus implicaciones. En esta tarea yo comenzaría por señalar que esta libertad otorga poder, un poder que justificadamente debería de ser de cara al Estado, en pos del ciudadano. Mis dudas surgen cuando esta capacidad se vuelve en contra de la sociedad en su conjunto. Gracias a los avances tecnológicos que concentran en pocos individuos la parole, es casí un perogrullo decir que no es lo mismo pararse a despotricar sobre una caja en la esquina, así sea en la esquina del Zócalo, que acceder a los micrófonos de los grandes consorcios mediáticos. Pero es este el quid del asunto. Walzer, Holmes y Lukes bien han entendido la necesidad de equilibrar no sólo el poder entre sociedad y Estado, sino dentro de los distintos componentes de la sociedad y, saben que, esto únicamente se logra a través del Estado. El mercado debe de ser protegido en aras de la eficiencia, y de la autonomía de los individuos, pero sin un marco regulatorio mínimo, eficiente y capaz de obligar a su cumplimiento, el mercado se vuelca sobre sí mismo.

Surge entonces otra distinción, a saber: si dicha regulación deberá ser por las estructuras de la difusión, o por los contenidos que se difundan. La regulación por contenidos está satanizada ad nauseam, y con justa razón se teme la parcialidad y el autoritarismo que promueve, pero no por ello debemos de cesar en el intento de definir lineamientos que mejoren la convivencia y permitan a toda una sociedad pluralista contar con la indispensable equidad, así sea probabilística, de hacerse escuchar por los demás.

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