Creo que fue Lenon el que dijo que la vida es lo que pasa mientras hacemos otras cosas.

Cada vez que voy a Gandhi o cualquier libreria me encuentro como niño en dulceria. Leo títulos, editoriales y autores que prometen mundos nuevos, que prometen ligeras punzadas en la corteza cerebral con la esperanza de provocar un surco que persista. Pueden decir todo tipo de cosas, hablar de temas muy diversos, utilizar herramientas linguisticas completamente distintas para llegar al lector.

Igual pasa con el cine, a todos nos ha pasado que vemos una pelicula y en algun sentido nos vinculamos con ella, sentimos que estan describiendo una situación o un sentimiento que nos es familiar. Platicamos de cine con una vivacidad, con una verdadera pasión porque somos parte, porque tomamos parte.

En la vida real somos parte, like parte parte, y sin embargo solemos tratar de salir al storyline con la expectativa de ver que sucede, de ver las reacciones de los protagonistas y si el desenlace es positivo, a tiempo presente. Los cambios son necesarios en cualquier plot. Si alguna obra, teatral, cinematográfica o literaria anhela llegar a los anales de la historia debera de dar vueltas tan sutiles que nos confundan o tan abruptas que nos noqueen. Igual es acá.

No quiero ganar un nobel. No creo que sea mi tarea. Como dijo alguien una vez -No quiero ser impresionante, duermo mejor.

No obstante, cada acción, la decisión de un futuro profesional, de una vida en pareja, de una realización personal, está condicionada a este reconocimiento, propio y ajeno. Somos sociales en tanto somos únicos. Cuando nos volvemos masa nos escondemos y es fácil borrarnos de un trazo. Las redes sociales abarcan infinidad de posibles combinaciones, como facebook nos ha enseñado, y por ende impresionado, y ser masa es una cuestión de decisión, o de falta de decisión, no importa el número de individuos.

Constantemente corremos contra esta corriente, contra la latente posibilidad de no ser y no hacer. Aun los existencialistas, los verdaderos valemadres, escapan de la irracionalidad del ser a través de una desmitificación de nociones como la muerte, la trascendencia y el futuro. Se enclavan en el presente de forma que a pesar del sinsentido puedan realizar su día a día, y muy en el fondo esperan que la chispa que encienden con el puro calor de sus movimientos encienda momentaneamente alguna lampara cercana. Futil también ella.

Todo lo que conocemos no será, ni fue. Y eso lo tenemos “bien claro” cuando leemos del feudalismo, de los clásicos, novelas de ciencia ficción y vemos caricaturas. Vemos que el cambio social y personal es incremental, que nadie es capaz de proyectar más allá de la realidad presente. Cualquier modificación que se haga es parte de un contructo que, ese sí, podrá durar un poco más. No mucho.

Entonces porque no cambiar de tajo el status quo, porque perpetuarlo. Miedo a que la destrucción conlleve cosas peores. Es biológico. Es matar a Dios y hacer lo que queramos. En el presente. Es una estrella donde es encuentran muchos queramos, ecologístas y feministas, conservadores, devotos y futbolistas. Y ahí nos encontramos, incapaces de asirnos a nada, pero tranquilos porque no caemos.

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