Ninguna rosa.


Querida J:

Hoy te regalo una rosa, una rosa que compre en el crucero mientras nadie miraba. La única razón expectante era la del vendedor, que esperaba entre ansioso y satisfecho completar la última transacción de la noche. En verdad era sofocante la ausencia de todo. Los automoviles hesitaban en cada cruce a pesar de la soledad evidente. Mentiría si dijera que nunca me había sentido así, pero casí. Tenía ganas de gritar de amores y desamores, de promover un entusiasmo y las ganas de aventura, de llevarte conmigo a un viaje que doblega fronteras, que no necesita de ellas. En momentos me ganaba una sonrisa de ironía, de saber que en el fondo no estabas ahí, por más que me esforzara en atrapar el minuto y convertirlo en trayecto, en ordenar mis energías y hacerte sentir lo que yo sentía en ese momento.

No te preocupes, esa rosa es a su vez una ironía, un cumplido kitsch que ni te va ni te viene, pero que representa la frialdad de los hechos cuando se someten al tamiz de las palabras. No me fue posible hablar cuando te la entregue. Es por ello que te escribo. Es para darme ánimos y aguantar un poco más.

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