Descanse en paz.


GACETA DEL ÁNGEL / Salir a vivir

Por

Germán Dehesa

(27-Ago-2010).-
Pero ¡cuidado!, no se puede salir a vivir nomás así a lo buey. Será aconsejable salir con el pie derecho, el cuerpo erguido como el de Johnny Walker, tarareando, así por lo bajito, algún aire popular que puede ir desde “¡Caro nome!” hasta “De esta tierra de Cocula” (al gusto) y con el brazo derecho ocupado por una agraciada chica que se ha “emperrao” en tomar una leche malteada que es la novedad que tienen en la nevería “Los Volcanes” (¡y tenían que salir con su babosada de ponerle “Los Volcanes” a la negociación, cuando podrían haberles puesto “El Aconcagua y el Kilimanjaro”, o “El busto es mío” o qué sé yo. El nombre no es importante y si me apuran, ni siquiera es importante el par de guandajos que, cuestión de meses, se disponen a premiar a la Patria con varios guandajitos. Eso tampoco importa; bueno, tampoco importa ni resulta pertinente en este artículo, pero me daría la peste bubónica de saber que, aunque fuera de un modo sesgado, yo hubiera patrocinado una procreación. Eso sí no me lo digan nunca. Mejor miéntenme la madre.

El caso es que su Charro Negro nada más remolonea y nada de que entramos en materia. ¡Ah, ya me acordé!, todo este zangoloteo tiene que ver con el hecho de que yo quiero comunicar que es importante, muy importante, salir a vivir. Quedarse metido en las casas, además de ser un método infalible para crearle a las mucamas una incurable neurosis, produce en nosotros un extraño complejo de mueblecito artesanal que nos va inmovilizando y convirtiéndonos en sangroncitas piezas domésticas. ¡Chicos y chicas: hay que salir a vivir!.

Cuando era pequeño y mis papás salían; el venerado Don Ángel siempre me respondía: vamos a ver la iluminación (¡¿a las doce del día?!) y mi mamá añadía: y a rezar para que llueva. Hubiera sido glorioso que me visitaran ahora y provocaran el hundimiento final de Tenochtitlan; pero resulta que ya murieron, o, como decía una muchacha que trabajó conmigo: ya se fueron a su jamás, pues eso. Dejemos en paz a mis papacitos, aunque tengo que hacer una última referencia a mi padre. Él fue quien me enseñó a salir, a demorarme por las calles, a estudiar cada aparador como si fuera un Renoir y a disfrutar los tacos de “Beatricita” y las tortas “Amalia” y la comida mexicana de “El Mirador”. Dos vidas mías tendría yo que ocupar si hiciese la lista de todo lo que le debo a mi padre. Mi infancia me trae el recuerdo de un tío mío que, para ir a Cuernavaca, abordaba unos coches negros y largos llamados “turismos”; bueno, pues un domingo abordó un “turismo” que se acomodó un sanjuanazo cegador a la altura de la curva de “La Pera”. Siempre que sucedía algo así, le hablaban a mi papá, pero lo milagroso es que el flojonazo de mi padre ¡iba! y se hacía cargo de todo y luego me platicaba: “pues se murió tu tío, “El Guajolote”, pero ya hasta lo enterramos allá en Cuernavaca. Le conseguí un lote precioso con vista al Salto de San Antón”. Ya verán que esto de la muerte en mi familia no es que termine siendo, sino que es asunto de chacota.

Por lo pronto, queridos contertulios, como dicen los funcionarios: voy a pasar a retirarme, pero el lunes, esto volverá a ser casa abierta para quien quiera refrescar un poco el alma (además, la Rosachiva sabe preparar “pantomaca”). HOY TOCA.

¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDCCCLXXIX (1879)

MONTIEL.

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