Con una disculpa para el Reforma, vale la pena compartir.


El metrónomo

Juan Villoro
22 Oct. 10

Lo más singular de Klaus como director de orquesta era que le rechinaban los zapatos. Dirigía un modesto grupo de músicos en Greifswald, en la punta norte de la antigua Alemania Oriental, pero sus amigos, y el más incómodo de los críticos, le auguraban un brillante porvenir.

De 1981 a 1984 trabajé en Berlín como agregado cultural. Klaus me visitó en la embajada porque quería conseguir partituras de Silvestre Revueltas. Su barba, en la que despuntaban las primeras canas, parecía congelada, como si hubiera hecho el camino a pie desde la estepa nórdica. Su mirada se fijaba demasiado en un solo punto. Sin embargo, cuando habló, su semblante cambió por completo. Los rostros que se modifican mucho al pasar de la gravedad a la sonrisa me sugieren temperamentos profundos. Aunque se trate de una superstición (hay genios inmodificablemente rabiosos), siempre me causa efecto.

Klaus me simpatizó de inmediato, pero nuestra amistad fue intermitente por sus muchas giras a provincia y su prudencia para tratar a un diplomático de Berlín (sin un motivo oficial de por medio, podía ser visto como disidente). En una ocasión lo visité en Greifswald, una aldea barrida por el viento, cargada de un aire gris. En una esquina donde sólo transcurría la desolación, contemplé una señal que decía: Crucero de Europa. En ese apartado rincón, Klaus producía resplandores acústicos. La reputación de su pequeña orquesta iba en aumento.

Cuando lo vi dirigir me sorprendió que sus zapatos de charol llevaran el ritmo con crujidos. Ese era el calzado de lujo que el socialismo alemán había creado para el “hombre nuevo”. Había algo a un tiempo agraviante y entrañable en esa situación. El aire ordenado en música se apoyaba en la precariedad.

Poco antes de regresar a México, le regalé a Klaus un armario de IKEA, la tienda que amueblaba a la clase media de Berlín Occidental. Él lo recibió como un artefacto prodigioso, con un ademán que representaba un fortissimo de la gratitud.

No vi a Klaus durante años. Lo suponía exitoso, dirigiendo una gran orquesta. En mi primer regreso a Berlín después de la caída del Muro, supe que los alemanes orientales eran reconocidos en cualquier parte de la ciudad por la mala calidad de sus zapatos. Pensé en Klaus, pero no lo busqué.

Acabo de estar en Berlín y esta vez fue él quien se acordó de mí. Me buscó al final de una conferencia. Tardé en reconocerlo porque llevaba saco azul rey y camisa amarilla. Parecía el promotor de una orquesta de mambo. Le pregunté cómo le había ido y contestó: “No me quejo”. Estaba a cargo de un proyecto de descargas para MP3. “La compañía es japonesa”, agregó para realzar su importancia. “¿Ya no diriges?”, le pregunté. “Te lo cuento ante el sauerbraten”, contestó.

Fui a cenar a su casa en compañía de Thomas, que 30 años atrás había sido el más incómodo de los críticos y ahora recibía una pensión vagamente académica. Klaus se había vuelto a casar con una hermosa iraní. Vivía bien, parecía contento. Cuando el sauerbraten llegó a la mesa, recordé que mi amigo padecía insomnio. Ese guiso era capaz de desvelar al más tranquilo de los trogloditas. “Superé el insomnio”, explicó Klaus: “ya no me importa no dormir”.

Su mujer apenas probó el guiso y se despidió temprano. Klaus dijo entonces: “La caída del Muro fue buena, pero no para mí”. Me habló de la feroz rivalidad que se había desatado en la escena musical y de la discriminación hacia los que venían de las provincias orientales. Él se había formado pensando en Bach, no en la mercadotecnia ni en la publicidad que los artistas debían dominar para ser reconocidos. Cuando nos dejó para ir al baño, Thomas, que casi no había hablado, comentó: “La verdad es que se volvió mal director. No pudo con la competencia”.

La pérdida de su talento me intrigó más que los obstáculos que, según Klaus, le habían impedido llevarlo a cabo.

Poco antes de despedirnos, dijo en tono enigmático: “Quiero que lo veas”. Se dirigió a un cuarto al fondo del pasillo. Lo seguí. Abrió la puerta: “ahí está”. Era el armario que yo le había dado. Aunque se trataba de un mueble más o menos desechable se mantenía en buen estado. Lo abrí por instinto. En la parte de abajo encontré los zapatos de charol. “No he querido tirarlos”, dijo Klaus, “me traen recuerdos de cuando fui músico”. “Rechinaban”, por primera vez me atreví a decirle esto. “Sí, pero me ayudaban a llevar el compás”.

Es posible que los zapatos hayan sido para él un metrónomo. Klaus había necesitado de un impedimento útil para dirigir. El arte no existe sin impurezas o cuarteaduras que secretamente lo respalden, y mi amigo había encontrado la suya. Pero la época, ese metrónomo discordante, había decidido que esos zapatos significaban pobreza, atraso, cosas superadas.

Tal vez mi amigo en verdad había perdido su talento, como aseguraba Thomas, especialista en no dudar, pero los zapatos en el armario sugerían lo contrario.

Sólo conservamos los defectos que nos fortalecen.

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