Viviendo por encimita, o la crónica de un rapero que no rapea.


La primera escena fue la fila de un aeropuerto repleto de sombreros, tenis sin diseño y camisas de franela. Pequeñas sumas de individuos hablando del concierto en ciernes y emitiendo contundentes críticas sobre los artistas invitados.

Desde una relatoría impersonal así fue como empezó un viaje con reflexiones personales y fotografías de tendencias, entendidos tácitos de los ahí reunidos para tomar un vuelo con rumbo a Indio, California.

Palpando la realidad gracias a varios de mis amigos más queridos, en ocasiones salpicaban reflexiones holísticas sobre acciones pasadas y deseos venideros. El contraste cultural con Estados Unidos fungió como el gatillo para tratar de comprender qué es lo que determina jornadas plenas y la chispa para estar siempre atento a nuevas aventuras.

Yo no llevaba las letras impresas, pero estaba listo para escuchar.

La lección más importante fue ya no tratar de vivir por encimita. En un festival de música no hay bomberazos, no hay quejas constantes, remordimiento por no estar ahí con quien tendría que estar en el momento que tendría que estar. Esta enseñanza estuvo siempre ahí, empaquetada para melómanos que entienden la música como la suma de ritmos y versos, no como una decoración para reuniones que sí tienen lugar.

Los planteamientos que hacen Mumford and Sons, The National y Arcade Fire, por nombrar algunos, siempre tienen una espina lista para enterrarse en la piel, ya sea por su asertividad o por las analogías inconexas esperando catalizador.

Todos estos artistas, según la hipótesis del abajofirmante, son reunidos cada año en ese punto del globo, porque comparten más que atuendos y modas. Comparten cuestionamientos para las decenas de miles de personas que se dan cita a sentir lo que tienen que decir, no solo los 38º de temperatura ambiente del desierto californiano.

Y lo sienten. Los norteamericanos son estúpidos, son iletrados, son seguidores. Pero don’t get me wrong, tienen aquello que los hace ser emprendedores, intensos, gritones. Tienen este joie de vivre, esta desfachatez de no tener sueños pero perseguir metas. Querer triunfar aún cuando lleven 10 años despachando libreros en IKEA.

Es por ello que cada uno de los tres días se viven en plenitud, todos están ahí. Sin saber sus capacidades, sin conocer sus limitaciones, pero atentos a vociferar a todo volumen letras y rimas de personas como ellos, con un poco de ímpetu y dos oportunidades.

Ese es mi pequeño aprendizaje, mis ganas de retomar algunas viejas fórmulas y liberar a través de la música una verdadera necesidad de reflexionar, de seguir aprendiendo, de conocer lo que tienen que decir los talentosos y guardar silencio, por lo menos hasta que acabe la siguiente canción.

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Un pensamiento en “Viviendo por encimita, o la crónica de un rapero que no rapea.

  1. tanto te dejo un concierto? Yo no soy asidua a los conciertos, en general a lugares donde haya demasiada gente y cero silencio; aunque me da curiosidad ese al que fuiste, tan intenso es?

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