Una silla con ruedas


Abreviando, mi jefa tomó nuevos rumbos y mi nueva jefa se queda con mi escritorio. Eso hace que tenga una oficina -no muy grande, no muy chica- con una silla negra y cuatro ruedas.

Al fondo se ven los pocos expedientes que nos impiden olvidar que es una oficina de gobierno; pero ellos mismos se esconden detrás de la chimenea, como pudorosos de su papel testimonial no solicitado.

El suelo es rojo como de casa de la tía. Ese piso comúnmente enarbolado por macetas variopintas orgullo de núcleos familiares y tema de sobremesa cada sábado o domingo. Mi única maceta es fea, arrinconada, pero sus hojas crecen con fuerza gracias al cuidado de un tercero que la nutre como nos nutre a todos los que tenemos el placer de convivir diariamente con ella.

Escribo este post entre cada rotación y traslación, disfrutando los minutos que me regala el silencio de 3 teléfonos blancos y desvencijados a mi espalda. La precesión y la nutación emergen únicamente cuando alguien se asoma a la oficina.

Lo escribo como ancla a momentos de inspiración y con el objetivo de transmitirles, aunque sea un fragmento de la tranquilidad recién retomada. Es una invitación a subirse a esta silla con ruedas y que demos vueltas en ese espacio que recuperamos periodicamente.

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